Una calada de vida.

I
Un día nublado en un precipicio de la montaña: "Puedo ver todo desde aquí" pensaba " todas esas almas sin vida que sonríen."
Ella tampoco paraba de sonreír. Pero era de una manera diferente.
Quería saltar, iba a saltar.Era su fin. Su vida terminaba en ese precipicio, su voz se expandiría por las rocas hasta que solo quedara el eco de su dolor aullando porque se ha ido, porque sufre. Pero ella no sabe que ese no será el día.
Una mirada asustada la mira desde el otro lado del precipicio. Con un canuto de hierba en la mano, un skate en la otra y unos cascos con música reggae resonando en su cabeza.
-!No te tires!- Gritó
-¿Por qué?-
-Porque si tu te tiras yo me tiro- Dijo dando un paso al frente.
-Pero si no te conozco de nada-
-Pero me conocerás-
La mirada se desvaneció tras el miedo que le consumía. Abrió los ojos y sudorosa y agitada se despertó de un sueño que sabía que se haría realidad.

II

Alma quería cambiar. Ese sueño le hizo pensar. Llevaba mucho tiempo queriendo quitarse la vida, pero antes tenía que hacer una cosa. Nirvana al máximo volumen, pasos decididos, armarios llenos de ropa totalmente diferente a la que ahora estaba metida en bolsas, posters nuevos con caras expectantes pegados en la pared, número y símbolos pasando indefinidamente por su cabeza, manchas de sangre por todo su cuerpo.
Un cambio radical, una decisión extrema, un intento de felicidad interior. Tras el portazo de salida se escondía una nueva Alma.
Caminaba hacia el instituto mientras todo el mundo la miraba. Llegó a clase, " Venga ahora atreveros a idolatrarme, falsos de mierda" Pensó mientras miraba a esas personas que se hacían llamar sus amigos.
-Todavía no es carnaval Alma- Soltó Marla entre carcajadas irónicas. Con el único fin de hacer daño.
 -¿De qué vas vestida? ¿De payaso?- Preguntó Estela con las mismas intenciones de Marla.
-Que os den hijas de puta. Cerrar la boca si no queréis que lo haga yo- Dijo con ese odio hacia ellas que le caracterizaba.
Acto seguido, cogió sus cosas y se dirigió hacia la puerta. No merecía la pena escuchar críticas absurdas y aguantar miradas que escrutan sin razón. Se puso sus cascos y se dirigió al único sitio donde pensaba que la entenderían. A las afueras de la ciudad se encontraba un pequeño parque al lado de los juzgados, donde se podía ver pasar a la gente que sin tener ningún sentido su vida, mataban las de otros o directamente cometían delitos para contraatacar ese vacío de sentidos.
Se sentó en medio del césped y empezó a leer el libro de autoayuda que le trajo el otro día su hermanastra. De pronto vio esa mirada asustada y colocada de la otra noche, con sus mismas características. Entonces sintió ese presentimiento antes vivido, esa conexión y decidió acercarse a esa desconocida que sentía que conocía.


III

Volvió a encontrarse a esa extraña unas cuantas veces más, pero cuando se iba a acercar a ella desaparecía, aunque Alma sabía que seguía estando allí de alguna manera.
Pasaros los días y las semanas estando en aquel parque leyendo el libro de autoayuda. Alma sentía que no le ayudaba mucho pero seguía leyéndolo intentando encontrar la clave a sus problemas. Volviendo a casa de madrugada sintió un ligero susurro justo al lado de su oreja.
-Alma, alma. Gírate- Susurró una vez estremecedora.
-Joder, Adri que susto me has dado cabrona-
-Calla hermanita, vengo a presentarte una persona que te quiere conocer. Me lleva preguntando por ti bastante tiempo en la plaza de al lado de la universidad y he pensado en contentarla-
-Dios, no puede ser, es ella- Pensó Alma.
-Hola, soy África-
-Em, em, yo Alma, encantada- Dijo titubeando.
-Bueno os dejo chicas que he quedado con Hugo- Dijo Adriana mientras daba la vuelta y se iba.
-¿Quieres que vayamos al parque de aquí al lado? Hay una exposición de cuadros muy bonita que podríamos ver. Y podrías echarle fotos.
-¿Cómo sabes que me gusta la fotografía?- Preguntó Alma extrañada
-Internet, que es una ventana al mundo-
Llegaron al parque en silencio, se sentaron en un banco y África empezó a liarse un porro.
-!¿Qué estás haciendo?¡-
-Un porro, ¿quieres? Sé que hay cosas que te preocupan y esto te hará olvidarte de ellas. Solo pruébalo-
Alma fue a hacer algunas fotos y cuando volvió África se lo volvió a ofrecer, lo cogió entre sus dedos temblorosos se lo puso entre los labios de un ligero color rosado e inspiró ese humo blanco que poco a poco se va convirtiendo al color que tu quieras.
-Alma, quiero que me escuches. Estoy aquí para que imagines, para que cantes, para que subas y bajes montañas, pero sobre todo para que nunca las saltes.
A Alma se le encogió su nombre al recordar ese sueño, en el precipicio. La primera vez que la vio, y comprendió que esta no iba a a ser la última vez que la viera.

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